viernes, 13 de enero de 2017

CARTONES DE NAVIDAD.

Autor: José Manso


Odio ir a comprar regalos. Es superior a mi. Pero ¿cómo voy a ser el único en presentarme sin regalo de Reyes para mis padres, hermanos y sobrinos?.

Sí, es verdad que la cosa se ha suavizado un poco con eso del “amigo invisible”. Pero aun así. El año pasado me encantó porque en el sorteo, me tocó regalarme a mi mismo. Sin embargo este año, me ha tocado un cuñado. Y ¿qué le compro yo a ése?.

He estado toda la tarde buscando por las tiendas del centro de Madrid. Por fin, le he comprado algo en “El Corte Inglés”. Ya sé que lo va a cambiar, pero bueno, lo importante es no presentarse con las manos vacías.

Son las 7 de la tarde y estoy realmente cansado. Me apetece sentarme a tomar una cerveza. Así que al atravesar por la plaza Mayor, me siento en una mesa de una atrevida terraza que una cafetería aún conserva a estas horas. Dejo las dos bolsas que llevo en una de las dos sillas que rodean la mesa, y me siento en la otra mirando hacia la plaza.

- Mamá, ¿Por qué ponen esos cartones en la pared? – Es una voz infantil que escucho en la mesa contigua.

Un niño de mofletones rojos, bajo un gorro de lana azul, señala con su índice hacia algún lado al que no presto atención.

Su madre, está de espaldas a mi. Está dejando las bolsas que también porta en la silla del otro lado de la mesa, y como lleva una cazadora de cuero corta, en esta postura me ofrece su redondo y bien torneado trasero. Mis ojos saltan allí de forma inconsciente.

El culo se sienta dándome la espalda mientras pregunta al chico:

- ¿Qué cartones cariñin?

El pequeño sigue con el brazo estirado apuntando hacia mi derecha. Sin pensarlo miro hacia los soportales que rodean la plaza y efectivamente, veo como a lo largo de toda la pared se extiende una larga fila de cajas de cartón.

Un perro olisquea en la esquina de una de ellas y levanta su pata trasera. Una mano oscura aparece por un lado del cartón y le suelta un guantazo apenas ha comenzado a soltar su chorro de orín. El animal chilla por aquella aparición inesperada y sale corriendo hacia el centro de la plaza dejando un reguero de gotas.

- Pues no lo sé hijo, - oigo contestar a la madre - debe ser para que los perros no hagan sus necesidades contra la pared y la ensucien.

No sé por qué, oigo mi voz que la corrige de forma inconsciente:

- No señora. Son las camas improvisadas de gente, que se prepara para pasar la noche. Con los cartones evitan el frío del suelo.

El niño mira a su mamá después de una breve pasada por mi cara. E inmediatamente la madre se gira con cara de indignación.

- Ya lo sé caballero – Me dice – ¿Se cree que soy tonta?. Trato de evitar que mi hijo se sienta mal en estas fechas. – Su voz sisea un poco con esa forma de hablar de gente de alta gama.

Entonces el niño insiste:

- ¿Es verdad mama? ¿Allí duerme gente?.

- Si hijo. – contesta la señora - Alguna gente quiere acampar en la plaza Mayor para ver venir a los Reyes Magos.

Yo insisto:

- Bueno y también los hay que no tienen casa y duermen aquí cada día – y doy un sorbo a la cerveza que me acaba se servir el camarero.

El niño la mira con cara incrédula. Por un segundo la mujer me mira con cara de cabreo.

- Pero duermen ahí porque quieren hijo. En Madrid, pueden ir a dormir a casas calentitas que el ayuntamiento les da.

Voy a abrir la boca de nuevo, pero el camarero que permanece frente a mí me interrumpe:

- Son 5 Euros y deje de molestar a la señora por favor..

El volumen del cuerpo del individuo y el precio de la cerveza, me dejan mudo. Le doy los cinco Euros y doy un gran sorbo a la copa.

- Mama – oigo al niño con voz compungida - ¿Podemos darles los cartones de los juguetes que me trajo Papa Noel?

- Claro hijo. Así me gusta, que tengas buen corazón. – Y le da un beso en la frente.


Yo no puedo evitar una carcajada, la señora me mira y el camarero da un paso hacia mí.

Apuro mi cerveza, tomo mis paquetes y me marcho.

Al pasar junto a las cajas de cartón, un individuo oscuro de pelo sucio y rizado se acerca y se dirige a mi:

- Colega, ¿Tienes una moneda para un bocadillo?

- Lo siento. No tengo suelto – le contesto sin detenerme.

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