Mi padre deja los tomates verdes
de su huerta en el "sobrao" de su casa. Allí se maduran y se ponen
rojos. Hacía tiempo que no subía por allí.
Al fondo está, con su pintura
descascarillada, el antiguo lavabo de la casa. El de antes de que tuviésemos
cuarto de baño. Un pequeño mueble de palo de no más anchura que una silla, con
una palangana de porcelana a la altura de las manos, que desaguaba en el cubo de la parte de abajo
y sobre él un espejo.
Limpié sus telarañas y entre los
desconchones del azogue apareció la cara de mi hermano y la mía con apenas 10 años. Riendo a carcajadas y mirando hacia abajo. Hay agua en el lavabo.
Estamos jugando salpicando con unos palitos....
No. Hay algo más. Anoche dos
ratoncillos debieron caer en esa pila con el tapón puesto y con un resto de
agua. Tan resbaladiza y profunda para ellos como la alberca de la huerta para
nosotros.
Con los palitos les sumergimos la cabeza dentro del agua. Los animalillos intentan zafarse y saltar. Pero una y otra vez
resbalan. Miro al espejo y me veo disfrutar, río cada vez que el desgraciado fracasa.
En el reflejo, detrás
de nosotros, aparece mi madre diciendo algo. Es domingo y tengo que ir a la iglesia. Me fijo
que estamos vestidos de primera comunión. Me veo volver la cabeza y adivino un “Ya
voy” en el movimiento de los labios. Ahora no sonrío. Tomo mi palito con más
cuidado y atrapo la cabeza del ratón fuertemente contra el fondo. Las patas
delanteras se agitan durante unos segundos y después queda quieto. Miro al
espejo y me veo alejarme hacia el sol que entra por la puerta de la calle.
... ...
La voz de mi esposa me saca
del letargo.
-
José bajas con los tomates o qué.
-
Ya voy.
GENIAL, MARAVILLOSAMENTE
ResponderEliminarREFLEJADAS ESAS TRAVESURAS DE CHIQUILLOS Y ESA DESCRIPCIÓN
DEL LUGAR.